26 de junio de 2011

Philadelphia sound


No todos los balones botan igual, no todos los golpes duelen igual, no todos sudamos una camiseta. No todos jugamos al mismo baloncesto pero si todos jugamos al baloncesto, da igual que sea sobre las caras tablas de madera barnizada de parquet o sobre el duro y negro asalto, a veces pintado de rojo o verde, de las canchas de South Philadelphia. El baloncesto siempre son dos oponentes el uno contra el otro, no importa que haya diez hombres sobre la pista o solo dos, siempre serán dos fuerzas empojándose la una contra la otra, con unico objetivo de que el balón traspase el aro. No importa que el balón acaricie o desgarre la red, no importa, vale lo mismo.

Volver a tu campo después haber anotado, colocarte en posición defensiva, apoyar tus manos sobre las rodillas, mientras abres las fosas nasales para tomar aire. Notar como el aire entra en cuerpo y elevas tu pecho para llenarlo de vida. Ves que tu rival llega, con el balón acariciando su mano en un breve ciclo que se repite hasta que llega hasta ti. Y empiezas un ínfimo juego mental, concediendo tu izquierda o tu derecha, adelantando uno u otro pie. El lo ve y carga contra ti, tu chocas tu torso contra el suyo, interponiendote y apartandole de su camino hacia la canasta, forzandole a pasar o perder el balón. La lucha cesa por un corto instante cuando el balón sale de sus dedos. Vuelves a tomar aire, miras a tu alrededor y ves el cielo.

Pero hay veces que el cielo no es el ultimo piso, sino que puedes coger un ascensor hasta las estrellas. Pero volar cerca de las estrellas quema tu piel y derrite la suela de tus botas. El sol evapora el alquitrán del asfalto sobre el que vuelas, la goma de tus zapatillas se funde junto al negro alquil de la cancha y la única brisa de aire que fluye por la pista son las exhalaciones de tus compañeros. Corres el contraataque, rompes por la izquierda, intentas dejar una bandeja con la mano zurda pero el sol ciega tus ojos y se inyecta en tus retinas convertido una bola azul y violeta. Solo intuyes donde esta el aro, pero da igual, conoces de memoria el camino a casa. ¿Por que cuantos años llevas pisando ese viscoso suelo? ¿Cuantos veranos has llevado marcada en tu piel la camiseta de tirantes?

Solo siete puntos, no importa nada mas, da igual que los consigas corriendo, reboteando o desde la linea de tres. Los necesitas, son tu pase para seguir jugando, sino, te toca salir del campo. Y apoyado tras la verja, ver como los otros juegan, eso no es lo que quieres. Por evitarlo; defenderás, golpearas, inventaras faltas que no te hicieron y sobre todo correrás hacia el aro como si el diablo te persiguiera, sin dudar ni un solo momento que llegaras al éxtasis tras machacar el aro. A veces las estrellas no están tan lejos y puedes tocarlas en la calle.

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